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La paz que le reditúa: cuando la tragedia se vuelve botín político

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León, Gto. Hay dolores que deben respetarse. Hay silencios que no necesitan palabras, sino acciones. Y hay tragedias —como las que han azotado a Irapuato y a muchos otros rincones de este país— que no deberían ser usadas como trampolín político ni como munición electoral.

Sin embargo, una y otra vez, personajes de la vida pública estatal no dudan en vulnerar principios éticos con tal de ganar visibilidad en los medios.

No se equivoque, mi estimado lector. Nadie cuestiona la necesidad de exigir paz. Lo que se cuestiona es la «selectividad, hipocresía y mezquindad» con la que estos políticos deciden cuándo y cómo indignarse.

Me refiero a la «fracasada convocatoria» de una supuesta “Marcha por la Pas” —sí, con “s”— impulsada por la diputada Maribel Aguilar, y azuzada por figuras como la priísta-emecista Yulma Rocha, Carlos Ramos “El Pollero” Sotomayor, y un personaje menor segregado hasta por su propia fracción, el regidor Ignacio Morales, que en lugar de impulsar reformas, presupuestos o articulaciones institucionales que abonen a la seguridad pública, han optado por inventar encuestas y disfrazar su oportunismo de sensibilidad social, escudándose en una falsa empatía por las víctimas.

Y es aquí en dónde caben las siguientes preguntas: ¿Dónde estaban cuando las masacres ocurrieron en Celaya, Salamanca, Jalisco o Nuevo León?, ¿Dónde estaban cuando Morena, su partido, gobierna los estados más violentos del país?, ¿Cuántas veces los hemos visto marchar contra el campo de exterminio de personas descubierto en Jalisco, gobernado por MC o levantar la voz frente a las desapariciones sistemáticas en Veracruz y Zacatecas?

«No estuvieron. No marcharon». «No alzaron la voz. Callaron y seguirán callando por conveniencia»,  porque el dolor, cuando no se puede capitalizar políticamente, simplemente no les interesa.

Hoy, sin haber presentado una sola iniciativa legislativa seria, sin haber propuesto un modelo policial, sin haber gestionado un solo peso para la seguridad municipal, estos personajes convocan a marchas fallidas, y piden renuncias como si de una purga moral se tratara. Como si una pancarta bastara para borrar sus propios pecados políticos.

La diputada Maribel Aguilar González es, quizá, la más impresentable de todas. En 2021 fue expulsada de Morena por falsificar firmas en más de 90 actas estatutarias del partido. Sí, falsificó. Documentó. Mintió. Y cuando fue descubierta, lejos de asumir su falta, intentó victimizarse. 

El Consejo Estatal de Morena no tuvo otra opción más que desmarcarse de su actuar fraudulento. 

Esa misma persona, que vulneró los principios básicos de legalidad interna, hoy quiere erigirse como referente moral de la paz. ¿Cinismo? ¿Amnesia? ¿O una apuesta por la desmemoria colectiva?

Su prontuario político no tiene más mérito que su habilidad para sobrevivir en la simulación. Ninguna propuesta destacada. Ninguna iniciativa contundente. Ninguna gestión que abone al fortalecimiento de la seguridad en Guanajuato. 

Lo único que ha sabido producir en su paso por el Congreso es escándalo, deshonra y oportunismo. ¿Cómo puede alguien con ese historial enarbolar causas legítimas? La respuesta es simple: cuando no hay ética, sólo cálculo político.

Yulma Rocha, ex priista reciclada por Movimiento Ciudadano, exige justicia mientras olvida su papel en el escándalo de las “Juanitas”, donde renunció dos días después de asumir como diputada para ceder su lugar a un hombre, traicionando la paridad que hoy presume defender.

Yulma Rocha representa el caso más claro del político que ha hecho del escándalo un estilo de vida y de la estridencia su único argumento. 

Ex priista de vieja escuela, ahora reciclada por Movimiento Ciudadano, su trayectoria no está marcada por resultados legislativos ni por gestiones relevantes, sino por un modus operandi basado en el grito, el show y la exposición mediática vacía.

La experta en renuncias, desde su paso por la Cámara de Diputados, donde protagonizó el vergonzoso episodio de las “Juanitas”, renunciando apenas 48 horas después de asumir su curul para cedérsela a un hombre, traicionó el principio de paridad que hoy presume defender en cada publicación y entrevista. 

Aquella jugada, no fue un error de juventud, fue una muestra de lo que Yulma representa: el uso de las causas legítimas como disfraz para prácticas profundamente conservadoras y oportunistas.

Hoy, desde el estrado de Movimiento Ciudadano —el mismo que guarda silencio ante las fosas clandestinas y los cuerpos calcinados en Jalisco—, Yulma exige renuncias, señala con furia impostada, y convoca a marchas con pancartas bien diseñadas pero vacías de propuesta.

Su narrativa es ruidosa, sí, pero jamás propositiva. Nunca la hemos visto construir puentes, sólo incendiar pasarelas. Nunca ha puesto sobre la mesa una solución integral, pero siempre está dispuesta a dar una declaración incendiaria frente a las cámaras.

Yulma no defiende la paz, defiende la cámara encendida. No exige justicia, exige protagonismo. No convoca a la conciencia ciudadana, convoca al espectáculo. Esa es su especialidad: gritar mucho para no decir nada, culpar a todos para no hacerse cargo de nada, vestirse de causa cuando en realidad solo viste de ambición.

La paz no se grita, se construye. Y construirla requiere más que marchas. Requiere responsabilidad, humildad, técnica y voluntad política. Requiere también no utilizar a los muertos como catapulta electoral. 

Pero eso no les importa porque lo que estos políticos no entienden —o no les conviene entender— es que la gente ya no se traga sus lágrimas de ocasión. Ya no cree en discursos de utilería. Hoy, la ciudadanía exige congruencia.

Las expresiones políticas de este grupo impresentable es por el reflector. Es por la declaración viral hueca. Es por la entrevista cómoda en el noticiero. Y eso, es lo verdaderamente indignante: que en vez de honrar a las víctimas, las utilizan como escenografía para sus fines personales. 

La seguridad no se construye con pancartas, se construye con decisiones valientes. Y hasta ahora, lo único valiente que han hecho estos políticos… es atreverse a fingir que les importa.

*Columna invitada de Alejandro Calderón, de Analista político.

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